Ganando el tiempo


Sabía que el tiempo se le escapaba. Apenas podía dormir por las noches pensando todas las cosas que le quedaban por hacer. Quería disfrutar de la vida al máximo, sin desperdiciar ni un minuto. Se despertaba pensando como aprovechar el nuevo día que estaba por llegar. Miraba al techo en la penumbra, absorto en sus pensamientos, hasta que el despertador irrumpía en la apacible tranquilidad.

Trabajaba sin cesar, deseando aprender cada minuto que pasaba una cosa nueva. Leía todo lo que podía, aún cosas que no llegaba a comprender. Pero sabía que el tiempo estaba a su favor y tarde o temprano llegaría a entender todo aquello que le parecía entonces tan complicado. Su obsesión era tal que podía estar tardes enteras leyendo algún libro. Y si era interesante seguía hasta bien entrada la madrugada.

No tenía ninguna meta en concreto. Sólo hacía lo que realmente le gustaba. Intentaba conocer todo lo que le rodeaba, comprender el porqué de las cosas. Leía la prensa diaria y la contrastaba con todo su conocimiento acumulado durante años. A veces no entendía el comportamiento de ciertas autoridades y mucho menos la reacción del populacho.

Pasaron los años y, a medida que adquiría más conocimientos, más ignorante se sentía. Cosa que a él le parecía, a todas luces, ilógico. ¿Cómo podía ser que, con todo lo que sabía, aún no había sentido la completitud personal? Intuía que algo estaba haciendo mal, pero... ¿el qué?

Ese día se sentía aletargado. Decidió ir a tomar el aire, antes de que se hiciera de noche. Saltó de aquella silla donde había pasado tanto tiempo y descendió por las escaleras sin prisa. Fue hacía el parque donde jugaba cuando era pequeño. Los árboles susurraban con el viento. Había estado en ese parque muchas veces, pero nunca se había percatado de aquello. Miró alrededor y localizó un banco libre donde llegaba un hilo de sol, ya apunto de desaparecer en el horizonte, sentándose.

Ensimismado en sí mismo, con la mente ocupada, pensando. Poco a poco la noche iba adentrándose, y el día se difuminaba, como sus pensamientos. Sin apenas darse cuenta estaba dejando de preocuparse por todo aquello que le llenaba la cabeza. La oscuridad le arropaba lentamente. Podía darse cuenta de cómo sus sentidos percibían las cosas más intensamente. Cerró los ojos y sintió como el viento rozaba su nuca, provocándole un escalofrío serpenteante a lo largo de toda su espalda. ¿Cómo podía ser que algo tan simple le condujera a un estado de absoluta paz y tranquilidad? Había descubierto lo que tantos años llevaba buscando.

A partir de entonces, cada día se sentaba en aquel banco, esperando que el sol descendiera, mientras la noche se hacía presente. Podía escuchaba el suave ruido de las hojas a lo lejos. Y podía sentir que estaba vivo, que el viento le acariciaba solamente a él.

Contra viento y marea


El viento soplaba con fuerza contra su cara. Se esforzaba por mantener el ritmo constante. La llovizna le hacía entrecerrar los ojos. Le encantaba sentir como resbalaban las gotas de agua por las mejillas mientras luchaba contra los elementos. Miraba el cronómetro de reojo, como si se tratara de un contrincante a batir.

Esquivando las piedras del camino, y todo ese barro que se impregnaba en las zapatillas. Cada zancada costaba un poco más. Pero alzaba la vista y podía ver en el horizonte unos rayos de sol escapando de aquellos nubarrones grises. Un halo de esperanza para proseguir su camino.

Quedaba muy poco para cumplir el objetivo. Era un compromiso consigo mismo, y no podía defraudarse. Apenas quedaban 100 metros para cubrir los 7 km propuestos. El cronómetro marcaba 29:17. Tenía que bajar de 30 minutos y sabía que ese era el día. Después de tres meses de intenso trabajo sentía que todo el esfuerzo no era en vano.

Cuando terminó el camino, presionó el botón de STOP mirando fijamente a la pantalla. Sus labios dibujaron una sonrisa. Empapado de agua y aún con la respiración alterada miró hacia atrás, hacia el camino que había dejado atrás. Y pudo comprobar como, zafándose de aquellas nubes que le tenían atrapado, un sol deslumbrante asomaba.

Satisfecho por el trabajo realizado, cogió aquella libreta roja donde mantenía anotado todo su progreso. Debajo del tiempo de hace dos días anotó su próximo objetivo. El que sería su siguiente enemigo a batir. 29:51.

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