Contra viento y marea


El viento soplaba con fuerza contra su cara. Se esforzaba por mantener el ritmo constante. La llovizna le hacía entrecerrar los ojos. Le encantaba sentir como resbalaban las gotas de agua por las mejillas mientras luchaba contra los elementos. Miraba el cronómetro de reojo, como si se tratara de un contrincante a batir.

Esquivando las piedras del camino, y todo ese barro que se impregnaba en las zapatillas. Cada zancada costaba un poco más. Pero alzaba la vista y podía ver en el horizonte unos rayos de sol escapando de aquellos nubarrones grises. Un halo de esperanza para proseguir su camino.

Quedaba muy poco para cumplir el objetivo. Era un compromiso consigo mismo, y no podía defraudarse. Apenas quedaban 100 metros para cubrir los 7 km propuestos. El cronómetro marcaba 29:17. Tenía que bajar de 30 minutos y sabía que ese era el día. Después de tres meses de intenso trabajo sentía que todo el esfuerzo no era en vano.

Cuando terminó el camino, presionó el botón de STOP mirando fijamente a la pantalla. Sus labios dibujaron una sonrisa. Empapado de agua y aún con la respiración alterada miró hacia atrás, hacia el camino que había dejado atrás. Y pudo comprobar como, zafándose de aquellas nubes que le tenían atrapado, un sol deslumbrante asomaba.

Satisfecho por el trabajo realizado, cogió aquella libreta roja donde mantenía anotado todo su progreso. Debajo del tiempo de hace dos días anotó su próximo objetivo. El que sería su siguiente enemigo a batir. 29:51.

Foto: Flickr

Nacemos libres, ¿vivimos libres?


Era preciosa. Se llamaría Sandra. Nació un 5 de Octubre como otro cualquiera. Se decía que traía un pan debajo del brazo. Pero más importante aún es que había nacido libre. Como todos. Aunque cuando naces no eres consciente de esa grandeza.

No sabía nada de la vida. Apenas podía respirar. De hecho, nunca lo había hecho fuera del útero de la madre. Tampoco sabía alimentarse de otra forma que no fuera mediante el cordón umbilical, dentro de la placenta, hasta entonces su mundo. Sin ideas preconcebias ni prejuicios, sólo viviendo, sin necesidad de nada más.

Pasaron los años y Sandra fue haciéndose mayor. Todos le decían que para labrarse un futuro debía estudiar. Pero ella prefería salir a jugar con sus amigas, aunque sacaba muy buenas notas. Y pasaba tardes enteras leyendo y escribiendo.

Llegó el momento de elegir una carrera. Sus notas de Selectividad habían sido envidiables y podía escoger cualquier carrera. Pero no lo tenía nada claro. Hablando con sus padres y amigos le recomendaron estudiar una Ingeniería. Pronto se convenció. No quería decepcionar a ninguno de ellos.

Acabó la carrera con gran esfuerzo y sacrificio, pero ilusionada. La carrera no le pareció ni bien ni mal, simplemente la hizo. Tenía que hacerla. Además, lo había pasado bien en la Universidad. Había hecho muchos amigos y conoció a Pedro, su novio.

Encontró un gran trabajo donde podría desarrollar las habilidades aprendidas durante la carrera. Se levantaba temprano porque el trabajo lo exigía. Y llegaba no antes de las 8 a casa. Al principio todo era ilusión, pero poco a poco se fue desvaneciendo.

Pasaban los días y cada vez le daba más la impresión de que estaba perdiendo el tiempo, que se había equivocado de camino. Añoraba los tiempos en los cuales su única preocupación era terminar el libro que había empezado. De terminar aquel relato que quedó a medias.

Pero, por otro lado, estaba en un puesto de trabajo que le había costado mucho conseguir. Había tenido que renunciar a muchas cosas por llegar donde estaba en ese momento. Además, no había decepcionado a nadie y había hecho las cosas bien.

Hasta que no pudo más. Estaba cansada de su trabajo, que ya poco le gustaba, y de las discusiones con Pedro, con quien se había casado hace ya un año. Toda la presión y el estrés provocaban angustia y malestar en Sandra, y malhumor. Decidió no ir a trabajar y quedarse en casa. No le importaba si la despedían. No le importaba nada.

Pasó un tiempo pensando si había hecho bien o mal. Hasta que encontró el cuaderno donde escribía cuando era más jóven. Ni se acuerda cuando fue la última vez que lo abrió. Lo hojeó someramente hasta llegar a la primera página en blanco. Cogió un boli y dejó que fluyera la escritura. El teléfono empezó a sonar. Su jefe la llamaba para conocer el motivo de porqué no había acudido a trabajar. Pero Sandra apenas lo escuchó. Seguía escribiendo. Y a medida que lo hacía toda la presión y el estrés fueron desapareciendo. Iba recuperando la ilusión por hacer algo. Y se dio cuenta.

Desde ese momento su vida cambió. Dejó el trabajo y se dedicó a escribir. Si bien es cierto que sabía que con la escritura era difícil ganarse la vida. Pero no le importó. Por primera vez en su vida se sentía verdaderamente libre. Libre de realizar lo que a ella le gustaba realmente, escribir. Libre por saber que era una decisión enteramente suya.

Bienvenida


La vida. Todo el mundo la vivimos, pero pocos conocemos su significado. El significado de la vida. Compuesta de retales cosidos como si se tratara de remiendos sobre un vestido. A veces esos remiendos se descosen dejando entrever el propio alma humano, desnudo.

Desde tiempos inmemoriales se ha intentado averiguar el porqué de la existencia. Grandes pensadores han intentado resolver este dilema. Diferentes filosofías de vida han surgido obteniendo resultados dispares tratando de conocerse a uno mismo, conocer a los demás y lo que nos rodea.

Es obvio que existe una única realidad pero tantos puntos de vista como personas perciban esa realidad, cada cual con sus propias ideas y convicciones. A través del conocimiento y razonamiento llegamos a conclusiones únicas, aunque se pueda conincidir con mas gente. Pero el pensamiento es individual, de una sola persona.

A través de los escritos en este blog, o retales escritos, intentaré describir mis impresiones, dudas y sentimientos de la vida.